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sábado, 29 de diciembre de 2018
- Vulcania - Capítulo XIII - "La revelación"
Imagino que Phoenix pensó que aquel supondría su final, sin embargo, tras la oscuridad de ese precipicio se encontró con el herbáceo suelo de otro planeta muy similar, el nuestro, la Tierra. Fue tras esa caída estrepitosa caída cuando se dañó el ala.
La gema dejó de emitir imágenes en mi cabeza para devolverme a la realidad. Dejó de brillar, y se volvió a introducir en el pecho del grifo. Miré a Phoenix emocionada, y tan sólo pude articular:
-Siento tu pérdida, pequeño- en aquellos momentos pasaban muchos pensamientos dispares en mi cabeza, como que no sólo en nuestro planeta existían especies de humanos que se aprovechaban de otros seres.
Me pregunté cómo pudo Phoenix depositar confianza en mi persona tras una mala experiencia con seres similares a mí. Como leyendo mis pensamientos, el grifo giró su cabeza hacia la herida que ya no era apenas detectable. Sonreí como pude, pues notaba que mis labios se agrietaban con el más mínimo movimiento. Tras ordenar mis pensamientos, también entendí una cosa más: el engaño de Kenya. Tras saber esta historia, sólo pude concluir que la bruja podía conocer los poderes de la gema de unos de estos seres, y que ésto tan sólo podía otorgarle aún más poder. Jamás tuvo la intención de salvar a nadie.
Ahora llegaba lo más complicado, averiguar cómo luchar contra ese poder. O quizá la pregunta era más bien, cómo inhibirlo.
Me senté sobre la espesa hierva, enredando mis ideas entre los brotes, y haciendo que mis dedos volvieran a jugar con ella. Me di cuenta de lo derrotada que estaba, pero también me di cuenta...
-¡Phoenix, ya sé cómo inhibir el poder de esa estúpida bruja o lo que diablos sea!- exclamé feliz y muriéndome de dolor por no poder evitar sonreír.
El grifo pareció devolverme la sonrisa.
- Vulcania - Capítulo XII - "Procedencia"
El Horus parecía querer entenderme, pues su gesto inmediato fue ladear la cabeza. Entonces, sobre su pecho surgió una luz brillante blanca que terminó definiéndose en la forma de una gema. Parecía sobrar vida a su antojo, pues seguidamente, actuó en forma de pequeño espejo en el que vi reflejado mi aspecto demacrado. Sentí el impulso de acercarme y tocarlo, y vi que al grifo no parecía importarle, así que no me detuve. La gema parecía decirme que ya era suficiente, pues de nuevo cambió su apariencia y tomó los colores del mismísimo universo oscuro, e iluminado tan sólo por lejanas estrellas y constelaciones. Además, parecía insertarme en ese impensable viaje sin necesidad de traje de astronauta. El viaje fue fabuloso hasta que reconocí, a lo lejos, un agujero negro tragándose toda materia a su alrededor, entre ella, lo que parecían los restos de una estrella. Sentí verdadero terror, pues creí que en cualquier momento también me vería convertida en materia muerta en medio del espacio. Sin embargo, algo más fuerte absorbió mi cuerpo, para coger una velocidad vertiginosa a través de un túnel compuesto de colores estelares por doquier. Por fin parecía acercarse el final del viaje, que desembocó un lugar un tanto más familiar. Bajo mis pies se esforzaban por crecer brotes de flora extraterrestre. Y es que eso lo tenía claro, no se trataba de nuestro planeta. Puede que hubieran cordilleras nevadas, inmensas llanuras de un color verde intenso, y desiertos rojizos que parecían ser el reflejo del su particular Sol, pero... dudo mucho que en algún momento de la vida de la Tierra, ésta contara con tres espectaculares lunas dispuestas triangularmente.
La gema me dirigió entonces a un lugar recóndito de, digamos"su planeta", entre aquellas inmensas cordilleras, adentrándome en una espaciosa cueva, la cual no se parecía a la que tuve "el placer" de conocer cuando me perdí. Al final de la cueva, había un precipicio sin fin, oscuro como el agujero negro. El sonido de un resoplido a mis espaldas me llevó a girarme para ver cómo un grifo se internaba también en la cueva. Parecía agitado e inquieto a la espera de la aparición de alguien más. Me acerqué para ver quién más se aproximaba, y lo siguiente fue desolador. Otro grifo más, bastante débil, se arrastraba con una profunda herida en su pecho, con la misma forma de la gema que provocaba estas escenas. Más atrás, una figura humanoide pero bastante voluminosa y robótica, avanzaba pero levitando sobre el suelo con un aparato angular sobre una de sus extremidades, y con una gema brillando sobre la palma de su mano, la que supuse entonces, que debía estar naturalmente sobre el pecho del grifo herido. Sin articular palabra, entendí que éste le comunicó a Phoenix, sí, debía ser Phoenix, que no se dejara atrapar.
-No dejes que se lleven lo que buscan, con cada gema, se creen más dueños de Vulcania- sus ojos se apagaban más con cada segundo que pasaba, y Phoenix seguía intentando llevarla con él. Ella le miró por última vez, y añadió-. Viví la vida que quise junto a ti...
Vi lágrimas en aquellos ojos aguileños, y cuando se oyó un sonido robótico aún más cercano, tomó su última decisión desesperada: arrastró el cuerpo del grifo fallecido y el suyo propio hasta el precipicio justo antes de que el humanoide consiguiera atraparles.
- Vulcania - Capítulo XI - "El rescate"
Apenas se resistió media sonrisa en el rostro de Kenya, junto con su incesante mirada retadora que vestía desde que me reencontré con ella. Ahora me preguntaba si sufría algún tipo de enfermedad mental como ser bipolar, o si simplemente había sido una estupenda actriz todos estos años.
- ¿Qué pretendes hacer?- le interrogué tras observarla durante unos segundos.
- Ese ser del que te hablo, el Horus, es un ser que no pertenece a este planeta, necia. Mi abuela dejó plasmado su vaticinio en sus escritos sobre la llegada de una criatura maligna, de otro mundo. Sembraría el caos en nuestro planeta, y eliminaría todo rastro de humanidad sobre la faz de la tierra- entonces se giró hacia mí, dándome cuenta de que su mirada había recobrado la dulzura propia de su persona. Finalmente añadió:- Y por eso debo eliminarlo.
Yo no podía explicarme cómo podía ser verdad que una criatura tan bella y noble pudiera provocar un final tan nefasto. Me entristeció profundamente al recordar los breves momentos que compartí con este ser, cómo le curé la herida, cómo me dejó acercarme, y cómo desapareció... Sin hacerme ningún tipo de daño intencionado. ¿Cómo podía ser? Si su intención era eliminar todo motivo de vida sobre el planeta, ¿por qué no empezó por mí? Podía haberme matado de un simple plumazo literalmente. En ese momento, a Kenya le empezó a rodear un especie de halo azul alrededor de su cuerpo, que se concentraba y se hacía más fuerte y llamativo sobre la palma de su mano. Deduje que estaba absorbiendo energía de manera mágica, porque a su vez, yo sentí una repentina debilidad física, como si en cualquier momento mi cuerpo pudiera desfallecer. Conseguí ver que ante mí, se iba a librar un enfrentamiento entre ambos Kenya y Phoenix, mientras Kenya seguía acumulando poder y el Horus aumentaba la velocidad para cargar su cuerpo contra Kenya, o eso creía.
Perdí la consciencia antes de que los dos cuerpos mágicos estallaran en una especie de placaje contra Kenya. Cuando abrí los ojos, creí haber muerto, pues en toda la panorámica que podía llegar a avistar, tan sólo me invadía un color, el celeste. Además, descubrí que mi cuerpo volaba, pues no cesaba el intenso viento y que, como si de mi espalda surgieran, a ambos lados de mis hombros, se extendían unas enormes alas doradas. Por suerte, mi cerebro no tardó mucho más en situarme en la verdadera realidad: me hallaba tumbada sobre el lomo de Phoenix. Pareció percatarse de mi repentino despertar, pues lanzó unos de sus chillidos de ave, e inmediatamente se posó sobre la colina más próxima de la manera más cuidadosa posible. Abrumada por la belleza y la nobleza del ser, mis labios sólo pudieron articular:
- Eres el ser más precioso que han visto mis ojos, Phoenix... - sin dejar de mirarle, las últimas imágenes guardadas en mi memoria se mostraron ante mí, y por fin, reaccioné-. Tú no quieres matarnos, ¿por qué ella a ti sí?
- Vulcania - Capítulo X - "Un reencuentro indeseado"
Me tomó unos segundos hasta que mis ojos se habituaron a la luz del exterior. Sin embargo, había una figura que me resultaba bastante familiar. Sus trenzas oscuras que imitaban a las rastas caían sobre sus hombros. Se presentaba totalmente inmóvil y frente a la boca de la cueva, como esperando con los brazos cruzados que saliera alguien en cualquier momento.
Me pregunté si la piel oscura de Kenya sumada a las sombras de los árboles a su alrededor endurecían su expresión, aunque su pregunta directa y rotunda me confirmaron su actitud hostil.
- ¿Dónde está, Sam?
- Hola, Kenya.
- Déjate de formalidades. Dime dónde lo tienes.
- ¿Me podrías decir a qué te refieres?- quise aparentar tranquilidad, pero lo cierto es que paré en seco, Kenya no parecía la misma.
- El Horus. Sé que estaba contigo ahí dentro- Kenya descruzó los brazos, y descubrió entre ellos una gran pluma dorada que parecía pertenecer a Phoenix-. Ese ser puede significar el fin de nuestros días, Sam.
- Entiendo, te refieres a la criatura que encontré ahí dentro... Desapareció.
Kenya entornó los ojos, intentando escrutar mi mirada y mi voz en busca de algún indicio de mentira en mis palabras. Entonces sonrió y con una disimulada mirada altiva, me ofreció su invitación:
- Acompáñame, Sam. Te llevaré a un sitio seguro.
- Estoy perfectamente, no necesito que me cuides.
- Vendrás igualmente.
- ¿Y por qué iba a hacerlo?
Kenya no necesitó darme una contestación. Inexplicablemente, mis piernas tomaron movimientos en contra de mi voluntad, y me dirigían hacia ella. Intenté resistirme, pero era completamente inútil. Cuando me situaron a tan sólo medio metro de ella, ésta aprovechó para la cercanía para lanzar una sutil amenaza.
- Porque si no lo haces voluntariamente, lo haré yo por ti- dijo guiñándome un ojo. Fue cuando entonces entendí la oscuridad tras su mirada.
Llevábamos varias horas en medio de un descampado a la vista de cualquier ser, y yo empezaba a sentirme deshidratada. Miré a mi alrededor por primera vez de manera consciente, y analicé cada una de los brotes que nacían de la tierra. Una imagen se detuvo en mi cabeza, la de mi padre con una planta comestible sosteniéndola en su mano: "crece de manera espontánea en cualquier rincón que te imagines, en la sombra, en el sol, en suelos pobres, sobre la piedra, sobre la arena... ¡Ja, ja, ja! Y la gente la considera maleza, pobres ineptos, ¡no saben que les aporta más que un guiso de pollo! Bendita verdolaga".
Avancé mi mano lentamente y comencé a jugar disimuladamente con ella. Kenya parecía esperar encontrar algo con la vista, y sus orejas parecían moverse cual antena ante cualquier signo de alerta. Estaba demasiado distraída, por lo que arranqué varias matas de verdolaga y me las llevé a la boca tras sacudirlas levemente. Sabía que no era la manera más higiénica de ingerirlas, pero me valía cualquier cosa con tal de engañar al estómago.
Una brisa comenzó a nuestro alrededor comenzó a cobrar fuerza, para convertirse en un torbellino acompañado de un chillido familiar. El denominado por Kenya, Horus, se dejaba ver torpemente en la lejanía, batiendo sus alas de manera impetuosa a pesar de sus heridas. Desde luego, parecía un ser imbatible.
Llevábamos varias horas en medio de un descampado a la vista de cualquier ser, y yo empezaba a sentirme deshidratada. Miré a mi alrededor por primera vez de manera consciente, y analicé cada una de los brotes que nacían de la tierra. Una imagen se detuvo en mi cabeza, la de mi padre con una planta comestible sosteniéndola en su mano: "crece de manera espontánea en cualquier rincón que te imagines, en la sombra, en el sol, en suelos pobres, sobre la piedra, sobre la arena... ¡Ja, ja, ja! Y la gente la considera maleza, pobres ineptos, ¡no saben que les aporta más que un guiso de pollo! Bendita verdolaga".
Avancé mi mano lentamente y comencé a jugar disimuladamente con ella. Kenya parecía esperar encontrar algo con la vista, y sus orejas parecían moverse cual antena ante cualquier signo de alerta. Estaba demasiado distraída, por lo que arranqué varias matas de verdolaga y me las llevé a la boca tras sacudirlas levemente. Sabía que no era la manera más higiénica de ingerirlas, pero me valía cualquier cosa con tal de engañar al estómago.
Una brisa comenzó a nuestro alrededor comenzó a cobrar fuerza, para convertirse en un torbellino acompañado de un chillido familiar. El denominado por Kenya, Horus, se dejaba ver torpemente en la lejanía, batiendo sus alas de manera impetuosa a pesar de sus heridas. Desde luego, parecía un ser imbatible.
jueves, 16 de agosto de 2018
- Vulcania - Capítulo IX - "Tanteando"
A pesar de que se irguiera de manera majestuosa ante mí, mostró cierta debilidad al empezar a acicalarse, acompañándolo con pequeños chillidos. Fue entonces cuando me di cuenta de que una de sus alas presentaba una herida aparentemente poco profunda pero con aspecto de que podría estar infectada.
-Te duele, ¿verdad, pequeño?- sentí cierta pena por aquella criatura, lo cual era común en mí cada vez que veía a un ser vivo en apuros.
Aquel ser se desinteresó por mí y simplemente se tendió, y por fin pude contemplar detenidamente sus robustas patas traseras de león que, a medida que se acercaba hacia el tronco, desarrollaba patas delanteras de águila lo cual concordaba con su cabeza con un pico que bien podría ser fuerte como el más inquebrantable metal.
Definitivamente no conocía mucho de medicina, pero sentí la necesidad de calmar el dolor de aquella fascinante criatura y no parecía necesitar más que cuidados para desinfectarla. Descolgué la mochila de mi hombro y rebusqué mi pequeño set de primeros auxilios. Me acerqué sigilosamente a mi compañero de cueva.
-Oye, tengo algo para ti... Prometo que te sentirás mejor después...- intenté poner la voz más dulce posible, deseando que notara mis buenas intenciones.
Hasta cierta distancia permitió el acercamiento, pero en cuanto mi mano tomó la dirección hacia su ala herida, dió un chillido de advertencia. Le miré con decisión.
-Vale, sí, puede que ahora sientas cierto escozor, pero eso será todo- seguí hablando pensando que quizá en algún momento pudiera entender mi idioma-. Tu herida tiene mal aspecto... ¡AH! Maldito pájaro, deja de darme picot... ¡¡AHH!! ¡¡ASÍ NO PUEDO AYUDARTE!!
En ese momento en el que grité con enfado, la criatura paró repentinamente, y se dedicó solamente a chillar y a agitar el cuerpo. Me tomó como quince minutos limpiar totalmente la herida, pero conseguí finalmente vendarla. Afortunadamente, los fuertes picotazos impactaron sobre mi mochila y tan sólo conseguí ver que tenía unos rasguños.
A partir de ahí, lo que yo definiría como grifo, se calmó, y hasta me pareció inofensivo. Aquella noche, o lo que yo calculaba que podía coincidir con ese tramo del día, decidí pasarlo en la cueva, a una distancia prudencial de la criatura, sin quitarle ojo.
-Me encantan las aves- comenté a pesar de que sabía perfectamente que no me entendería, aunque vi en sus pupilas cómo se dilataban a modo de reacción hacia mis palabras-. Si fuéramos amigos, te llamaría Phoenix... Inexplicablemente bellos y místicos como tú...
Hablarle me mantenía despierta, sin embargo un par de horas más tarde, el cansancio se apoderó de mí, los párpados me pesaban hasta llegar un momento en el que no los pude abrir más.
Debí tener un sueño agitado que jamás recordé, sólo recuerdo haberme levantado empapada en sudor. Seguidamente, miré a mi alrededor, intentando recordar dónde me encontraba, por qué, y con quién... Me respondí tranquilamente a cada una de las preguntas... ¿con quién? Se me aceleró instantáneamente el corazón. El grifo ya no se encontraba allí. No dejó ni rastro. Aunque en parte sonreí al pensar que debía significar que su herida ya le dejaba moverse a su antojo. Intenté restarle importancia, y partí hacia el exterior de la cueva.
-Te duele, ¿verdad, pequeño?- sentí cierta pena por aquella criatura, lo cual era común en mí cada vez que veía a un ser vivo en apuros.
Aquel ser se desinteresó por mí y simplemente se tendió, y por fin pude contemplar detenidamente sus robustas patas traseras de león que, a medida que se acercaba hacia el tronco, desarrollaba patas delanteras de águila lo cual concordaba con su cabeza con un pico que bien podría ser fuerte como el más inquebrantable metal.
Definitivamente no conocía mucho de medicina, pero sentí la necesidad de calmar el dolor de aquella fascinante criatura y no parecía necesitar más que cuidados para desinfectarla. Descolgué la mochila de mi hombro y rebusqué mi pequeño set de primeros auxilios. Me acerqué sigilosamente a mi compañero de cueva.
-Oye, tengo algo para ti... Prometo que te sentirás mejor después...- intenté poner la voz más dulce posible, deseando que notara mis buenas intenciones.
Hasta cierta distancia permitió el acercamiento, pero en cuanto mi mano tomó la dirección hacia su ala herida, dió un chillido de advertencia. Le miré con decisión.
-Vale, sí, puede que ahora sientas cierto escozor, pero eso será todo- seguí hablando pensando que quizá en algún momento pudiera entender mi idioma-. Tu herida tiene mal aspecto... ¡AH! Maldito pájaro, deja de darme picot... ¡¡AHH!! ¡¡ASÍ NO PUEDO AYUDARTE!!
En ese momento en el que grité con enfado, la criatura paró repentinamente, y se dedicó solamente a chillar y a agitar el cuerpo. Me tomó como quince minutos limpiar totalmente la herida, pero conseguí finalmente vendarla. Afortunadamente, los fuertes picotazos impactaron sobre mi mochila y tan sólo conseguí ver que tenía unos rasguños.
A partir de ahí, lo que yo definiría como grifo, se calmó, y hasta me pareció inofensivo. Aquella noche, o lo que yo calculaba que podía coincidir con ese tramo del día, decidí pasarlo en la cueva, a una distancia prudencial de la criatura, sin quitarle ojo.
-Me encantan las aves- comenté a pesar de que sabía perfectamente que no me entendería, aunque vi en sus pupilas cómo se dilataban a modo de reacción hacia mis palabras-. Si fuéramos amigos, te llamaría Phoenix... Inexplicablemente bellos y místicos como tú...
Hablarle me mantenía despierta, sin embargo un par de horas más tarde, el cansancio se apoderó de mí, los párpados me pesaban hasta llegar un momento en el que no los pude abrir más.
Debí tener un sueño agitado que jamás recordé, sólo recuerdo haberme levantado empapada en sudor. Seguidamente, miré a mi alrededor, intentando recordar dónde me encontraba, por qué, y con quién... Me respondí tranquilamente a cada una de las preguntas... ¿con quién? Se me aceleró instantáneamente el corazón. El grifo ya no se encontraba allí. No dejó ni rastro. Aunque en parte sonreí al pensar que debía significar que su herida ya le dejaba moverse a su antojo. Intenté restarle importancia, y partí hacia el exterior de la cueva.
jueves, 26 de julio de 2018
Vulcania - Capítulo VIII - "Un escondite"
Iluminé de un lado a otro para evaluar las dimensiones de aquel gran sector. Decidí que no debía avanzar más por el momento, pero también me percaté de todas las horas que llevaba sin probar bocado. Examiné detenidamente los alrededores, y descubrí lo que parecía un jabalí muerto sobre el suelo. Mi primer pensamiento fue cocinarlo en una pequeña hoguera fuera de la cueva. Posteriormente, pensé en lo cuidadosamente desgarrado que había sido, pues podía distinguir casi a la perfección cada costilla y cada pequeño hueso de la columna. Pero esto me llevó al último y problemático pensamiento. "¿Acaso esto era una presa? ¿Cómo había llegado ese jabalí ahí? No suele ser el típico hogar de un mamífero así, por lo tanto, algo o alguien debía de haberlo traído hasta aquí... Entonces, podría estar en compañía de algún ser capaz de matar, ¿corro peligro?". Instintivamente, comencé a dar pasos hacia atrás, alejándome de aquello. Inmediatamente, tropecé con algo que me hizo caer de espaldas sobre un cuerpo enorme. Me quedé muy quieta por el calor que desprendía aquel cuerpo. Miré a mi izquierda, exactamente vi que mi brazo descansaba sobre una garra el doble de grande que mi cabeza. Las pezuñas asomaban amenazantes tras una gran masa de pelos muy gruesos.
Mi cabello comenzó a agitarse hacia mi cara. El fuerte aliento de mi nuevo compañero de cueva arreciaba sobre mi espalda, y especialmente sobre mi cuello. Esto provocó que una lágrima de desesperación recorriera mi rostro, a la vez que mi respiración se intensificaba. ¡Qué manera tan estúpida de morir! Prácticamente, esperé casi impaciente el desgarramiento de cualquier parte de mi cuerpo, o un corte limpio en la yugular, según fuera el estilo de mi futuro asesino.
Cuando pasaron unos segundos, que me parecieron horas, sin que recibiera ningún ataque, me armé de valor para levantarme de un salto y alejarme de la criatura buscando refugio tras una roca. Nada. Nada parecía seguirme, nada parecía buscarme. Me senté un momento buscando con la mirada mi linterna de senderista de pacotilla, y preguntándome en qué momento debí perderlo. Obviamente, cuando tropecé, debió caer.
Efectivamente, conseguí hallar mi linterna a unos metros de mí, apuntando hacia las garras que acababa de ver. El ser no parecía moverse, pero era evidente que estaba vivo, pues entre las sombras, notaba cómo su cuerpo se dilataba al respirar. ¿Estaba dormido? Si era así, era mi momento de salir de allí, y mi linterna y mi mochila eran imprescindibles para poder huir.
Decidí improvisar, no tenía tiempo, por lo que el plan en mi cabeza era sencillo: salir de mi escondite, acercarme cuidadosamente para recoger mis cosas y correr cual gacela en apuros. Seguí esta estrategia, sin dejar de mirar la sombra del ser. Primero, recogí la mochila, y seguidamente, me dispuse a recoger la linterna, con tan mala suerte que, al yacer sobre un suelo heterogéneo, el relieve hizo que el mínimo tacto provocara que rodara a un par de metros de distancia. Me quedé inmóvil unos segundos para asegurarme que todo seguía tranquilo, y volví a situarme a la altura de la linterna que ya no iluminaba al ser.
Finalmente, conseguí recogerlo sin esfuerzo, pero lo que no esperaba es que al iluminar frente a mí, ya dispuesta a marcharme, me encontraría el rostro de un animal que jamás habían visto ni imaginado siquiera mis ojos. Un enorme pico reflejaba la luz de mi linterna, y dejando entrever ocasionalmente el brillo de unos ojos amarillos cuya disposición de las plumas le daban expresión de enfado. Por esta descripción de su morfología, sin duda debía ser un águila, pero dos o tres veces más grande que el extinto y legendario águila de Haast, del que me habló mi padre en alguna ocasión.
El extraño ser, entonces, alzó la cabeza y emitió un chillido que inundó la cueva, seguidamente volvió a mirarme fijamente a los ojos.
Mi cabello comenzó a agitarse hacia mi cara. El fuerte aliento de mi nuevo compañero de cueva arreciaba sobre mi espalda, y especialmente sobre mi cuello. Esto provocó que una lágrima de desesperación recorriera mi rostro, a la vez que mi respiración se intensificaba. ¡Qué manera tan estúpida de morir! Prácticamente, esperé casi impaciente el desgarramiento de cualquier parte de mi cuerpo, o un corte limpio en la yugular, según fuera el estilo de mi futuro asesino.
Cuando pasaron unos segundos, que me parecieron horas, sin que recibiera ningún ataque, me armé de valor para levantarme de un salto y alejarme de la criatura buscando refugio tras una roca. Nada. Nada parecía seguirme, nada parecía buscarme. Me senté un momento buscando con la mirada mi linterna de senderista de pacotilla, y preguntándome en qué momento debí perderlo. Obviamente, cuando tropecé, debió caer.
Efectivamente, conseguí hallar mi linterna a unos metros de mí, apuntando hacia las garras que acababa de ver. El ser no parecía moverse, pero era evidente que estaba vivo, pues entre las sombras, notaba cómo su cuerpo se dilataba al respirar. ¿Estaba dormido? Si era así, era mi momento de salir de allí, y mi linterna y mi mochila eran imprescindibles para poder huir.
Decidí improvisar, no tenía tiempo, por lo que el plan en mi cabeza era sencillo: salir de mi escondite, acercarme cuidadosamente para recoger mis cosas y correr cual gacela en apuros. Seguí esta estrategia, sin dejar de mirar la sombra del ser. Primero, recogí la mochila, y seguidamente, me dispuse a recoger la linterna, con tan mala suerte que, al yacer sobre un suelo heterogéneo, el relieve hizo que el mínimo tacto provocara que rodara a un par de metros de distancia. Me quedé inmóvil unos segundos para asegurarme que todo seguía tranquilo, y volví a situarme a la altura de la linterna que ya no iluminaba al ser.
Finalmente, conseguí recogerlo sin esfuerzo, pero lo que no esperaba es que al iluminar frente a mí, ya dispuesta a marcharme, me encontraría el rostro de un animal que jamás habían visto ni imaginado siquiera mis ojos. Un enorme pico reflejaba la luz de mi linterna, y dejando entrever ocasionalmente el brillo de unos ojos amarillos cuya disposición de las plumas le daban expresión de enfado. Por esta descripción de su morfología, sin duda debía ser un águila, pero dos o tres veces más grande que el extinto y legendario águila de Haast, del que me habló mi padre en alguna ocasión.
El extraño ser, entonces, alzó la cabeza y emitió un chillido que inundó la cueva, seguidamente volvió a mirarme fijamente a los ojos.
miércoles, 25 de julio de 2018
Vulcania - Capítulo VII - "Caminos separados"
Inmediatamente los tres compañeros comenzamos a correr sin saber muy bien hacia dónde. Yo seguía la estela de Kenya, y Fer la mía. Sin embargo, de nuevo, nos adentramos en la espesura, aparentemente dirección hacia la costa, hasta que prácticamente le perdimos la vista unos de otros. Aminoré el ritmo al notar un ambiente diferente, algo más fresco, un oasis en medio de la ladera, la naturaleza rebosaba vida, y no parecía presagiar una catástrofe natural.
Todo lo que me rodeaba hacía un llamado a la tranquilidad, por lo que me dejé llevar, y observé entonces que gran parte de la vegetación que allí nacía no era la flora propiamente endémica de la isla. Al poco rato, me vi rodeada totalmente de paredes vegetales de toda clase, y delante de mí se alzó, como aparecido de la nada, la entrada de una gran y oscura cueva.
Llegados a este punto, los pensamientos en mi cabeza se asemejaban a un remolino con gran variedad de ideas, pero todos apuntaban a una misma cosa, y se resumía en un resultado a una ecuación matemática: "allá afuera hay una erupción volcánica que está deseando sepultarme bajo toda esa lava; me pregunto cómo es posible trozo de tierra tan espectacular e ilógico pero sus seres vivos no parecen acechantes. Esa cueva puede ser mi salvación o mi perdición, pero ahí afuera me espera también una muerte segura...".
Segundos más tardes, tras coger una bocanada de valentía imparable, me dispuse a adentrarme en la oscuridad de la cueva. Recordé entonces que de mi llavero colgaba una linterna de leds que nunca antes usé. Me pregunté si las pilas seguirían con energía para un momento tan oportuno. Busqué a ciegas en el bolsillo más profundo de mi mochila, con éxito. Mi corazón pareció calmarse por un segundo cuando una tímida luz surgió de mi mano. Cada vez eran menos las razones para darme la vuelta. Quizá una, mi padre. Le echaba de menos, me volví a sentir una chiquilla de 5 años en busca de un abrazo protector de su padre. Conforme avanzaba, intenté serenarme y apartar estos sentimientos de mi joven corazón.
La cueva era muy húmeda, no sólo lo notaba en el ambiente pesado, sino también por el sonido de gotas al caer sobre pequeños charcos. Esto me recordó a un consejo de un compañero senderista, "si hay agua en una cueva, cuidado por donde pisas, podrías caer en una poza sin salida; y si la tienes delante de ti, y de adentras en la poza, es posible que llegue un momento en el que el agua llegue hasta el techo de la cueva, obligándote a bucear, lo cual resulta francamente desorientador. Las cuevas son impredecibles, y por eso me resultan tan apasionantes...". Realmente sabía de lo que hablaba, por lo que tuve bastante en cuenta sus palabras.
Ya llevaba veinte minutos andando, y mi recorrido se resumió en una entrada enorme con paredes revestidas de helechos, en un posterior estrechamiento de las paredes, las cuales dejaban ver la dura roca de la que estaba hecha; y de nuevo, el techo volvía a alzarse ante mis ojos hasta tal punto que creía haber llegado al interior de una catedral natural, debido a las estalagmitas que emergían del suelo, y a columnas naturales que dividía la cueva en distintos sectores.
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