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miércoles, 25 de julio de 2018
Vulcania - Capítulo VII - "Caminos separados"
Inmediatamente los tres compañeros comenzamos a correr sin saber muy bien hacia dónde. Yo seguía la estela de Kenya, y Fer la mía. Sin embargo, de nuevo, nos adentramos en la espesura, aparentemente dirección hacia la costa, hasta que prácticamente le perdimos la vista unos de otros. Aminoré el ritmo al notar un ambiente diferente, algo más fresco, un oasis en medio de la ladera, la naturaleza rebosaba vida, y no parecía presagiar una catástrofe natural.
Todo lo que me rodeaba hacía un llamado a la tranquilidad, por lo que me dejé llevar, y observé entonces que gran parte de la vegetación que allí nacía no era la flora propiamente endémica de la isla. Al poco rato, me vi rodeada totalmente de paredes vegetales de toda clase, y delante de mí se alzó, como aparecido de la nada, la entrada de una gran y oscura cueva.
Llegados a este punto, los pensamientos en mi cabeza se asemejaban a un remolino con gran variedad de ideas, pero todos apuntaban a una misma cosa, y se resumía en un resultado a una ecuación matemática: "allá afuera hay una erupción volcánica que está deseando sepultarme bajo toda esa lava; me pregunto cómo es posible trozo de tierra tan espectacular e ilógico pero sus seres vivos no parecen acechantes. Esa cueva puede ser mi salvación o mi perdición, pero ahí afuera me espera también una muerte segura...".
Segundos más tardes, tras coger una bocanada de valentía imparable, me dispuse a adentrarme en la oscuridad de la cueva. Recordé entonces que de mi llavero colgaba una linterna de leds que nunca antes usé. Me pregunté si las pilas seguirían con energía para un momento tan oportuno. Busqué a ciegas en el bolsillo más profundo de mi mochila, con éxito. Mi corazón pareció calmarse por un segundo cuando una tímida luz surgió de mi mano. Cada vez eran menos las razones para darme la vuelta. Quizá una, mi padre. Le echaba de menos, me volví a sentir una chiquilla de 5 años en busca de un abrazo protector de su padre. Conforme avanzaba, intenté serenarme y apartar estos sentimientos de mi joven corazón.
La cueva era muy húmeda, no sólo lo notaba en el ambiente pesado, sino también por el sonido de gotas al caer sobre pequeños charcos. Esto me recordó a un consejo de un compañero senderista, "si hay agua en una cueva, cuidado por donde pisas, podrías caer en una poza sin salida; y si la tienes delante de ti, y de adentras en la poza, es posible que llegue un momento en el que el agua llegue hasta el techo de la cueva, obligándote a bucear, lo cual resulta francamente desorientador. Las cuevas son impredecibles, y por eso me resultan tan apasionantes...". Realmente sabía de lo que hablaba, por lo que tuve bastante en cuenta sus palabras.
Ya llevaba veinte minutos andando, y mi recorrido se resumió en una entrada enorme con paredes revestidas de helechos, en un posterior estrechamiento de las paredes, las cuales dejaban ver la dura roca de la que estaba hecha; y de nuevo, el techo volvía a alzarse ante mis ojos hasta tal punto que creía haber llegado al interior de una catedral natural, debido a las estalagmitas que emergían del suelo, y a columnas naturales que dividía la cueva en distintos sectores.
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