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jueves, 26 de julio de 2018

Vulcania - Capítulo VIII - "Un escondite"

Iluminé de un lado a otro para evaluar las dimensiones de aquel gran sector. Decidí que no debía avanzar más por el momento, pero también me percaté de todas las horas que llevaba sin probar bocado. Examiné detenidamente los alrededores, y descubrí lo que parecía un jabalí muerto sobre el suelo. Mi primer pensamiento fue cocinarlo en una pequeña hoguera fuera de la cueva. Posteriormente, pensé en lo cuidadosamente desgarrado que había sido, pues podía distinguir casi a la perfección cada costilla y cada pequeño hueso de la columna. Pero esto me llevó al último y problemático pensamiento. "¿Acaso esto era una presa? ¿Cómo había llegado ese jabalí ahí? No suele ser el típico hogar de un mamífero así, por lo tanto, algo o alguien debía de haberlo traído hasta aquí... Entonces, podría estar en compañía de algún ser capaz de matar, ¿corro peligro?". Instintivamente, comencé a dar pasos hacia atrás, alejándome de aquello. Inmediatamente, tropecé con algo que me hizo caer de espaldas sobre un cuerpo enorme. Me quedé muy quieta por el calor que desprendía aquel cuerpo. Miré a mi izquierda, exactamente vi que mi brazo descansaba sobre una garra el doble de grande que mi cabeza. Las pezuñas asomaban amenazantes tras una gran masa de pelos muy gruesos.
Mi cabello comenzó a agitarse hacia mi cara. El fuerte aliento de mi nuevo compañero de cueva arreciaba sobre mi espalda, y especialmente sobre mi cuello. Esto provocó que una lágrima de desesperación recorriera mi rostro, a la vez que mi respiración se intensificaba. ¡Qué manera tan estúpida de morir! Prácticamente, esperé casi impaciente el desgarramiento de cualquier parte de mi cuerpo, o un corte limpio en la yugular, según fuera el estilo de mi futuro asesino.
Cuando pasaron unos segundos, que me parecieron horas, sin que recibiera ningún ataque, me armé de valor para levantarme de un salto y alejarme de la criatura buscando refugio tras una roca. Nada. Nada parecía seguirme, nada parecía buscarme. Me senté un momento buscando con la mirada mi linterna de senderista de pacotilla, y preguntándome en qué momento debí perderlo. Obviamente, cuando tropecé, debió caer.
Efectivamente, conseguí hallar mi linterna a unos metros de mí, apuntando hacia las garras que acababa de ver. El ser no parecía moverse, pero era evidente que estaba vivo, pues entre las sombras, notaba cómo su cuerpo se dilataba al respirar. ¿Estaba dormido? Si era así, era mi momento de salir de allí, y mi linterna y mi mochila eran imprescindibles para poder huir.
Decidí improvisar, no tenía tiempo, por lo que el plan en mi cabeza era sencillo: salir de mi escondite, acercarme cuidadosamente para recoger mis cosas y correr cual gacela en apuros. Seguí esta  estrategia, sin dejar de mirar la sombra del ser. Primero, recogí la mochila, y seguidamente, me dispuse a recoger la linterna, con tan mala suerte que, al yacer sobre un suelo heterogéneo, el relieve hizo que el mínimo tacto provocara que rodara a un par de metros de distancia. Me quedé inmóvil unos segundos para asegurarme que todo seguía tranquilo, y volví a situarme a la altura de la linterna que ya no iluminaba al ser.
Finalmente, conseguí recogerlo sin esfuerzo, pero lo que no esperaba es que al iluminar frente a mí, ya dispuesta a marcharme, me encontraría el rostro de un animal que jamás habían visto ni imaginado siquiera mis ojos. Un enorme pico reflejaba la luz de mi linterna, y dejando entrever ocasionalmente el brillo de unos ojos amarillos cuya disposición de las plumas le daban expresión de enfado. Por esta descripción de su morfología, sin duda debía ser un águila, pero dos o tres veces más grande que el extinto y legendario águila de Haast, del que me habló mi padre en alguna ocasión.
El extraño ser, entonces, alzó la cabeza y emitió un chillido que inundó la cueva, seguidamente volvió a mirarme fijamente a los ojos.

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