Me pregunté si la piel oscura de Kenya sumada a las sombras de los árboles a su alrededor endurecían su expresión, aunque su pregunta directa y rotunda me confirmaron su actitud hostil.
- ¿Dónde está, Sam?
- Hola, Kenya.
- Déjate de formalidades. Dime dónde lo tienes.
- ¿Me podrías decir a qué te refieres?- quise aparentar tranquilidad, pero lo cierto es que paré en seco, Kenya no parecía la misma.
- El Horus. Sé que estaba contigo ahí dentro- Kenya descruzó los brazos, y descubrió entre ellos una gran pluma dorada que parecía pertenecer a Phoenix-. Ese ser puede significar el fin de nuestros días, Sam.
- Entiendo, te refieres a la criatura que encontré ahí dentro... Desapareció.
Kenya entornó los ojos, intentando escrutar mi mirada y mi voz en busca de algún indicio de mentira en mis palabras. Entonces sonrió y con una disimulada mirada altiva, me ofreció su invitación:
- Acompáñame, Sam. Te llevaré a un sitio seguro.
- Estoy perfectamente, no necesito que me cuides.
- Vendrás igualmente.
- ¿Y por qué iba a hacerlo?
Kenya no necesitó darme una contestación. Inexplicablemente, mis piernas tomaron movimientos en contra de mi voluntad, y me dirigían hacia ella. Intenté resistirme, pero era completamente inútil. Cuando me situaron a tan sólo medio metro de ella, ésta aprovechó para la cercanía para lanzar una sutil amenaza.
- Porque si no lo haces voluntariamente, lo haré yo por ti- dijo guiñándome un ojo. Fue cuando entonces entendí la oscuridad tras su mirada.
Llevábamos varias horas en medio de un descampado a la vista de cualquier ser, y yo empezaba a sentirme deshidratada. Miré a mi alrededor por primera vez de manera consciente, y analicé cada una de los brotes que nacían de la tierra. Una imagen se detuvo en mi cabeza, la de mi padre con una planta comestible sosteniéndola en su mano: "crece de manera espontánea en cualquier rincón que te imagines, en la sombra, en el sol, en suelos pobres, sobre la piedra, sobre la arena... ¡Ja, ja, ja! Y la gente la considera maleza, pobres ineptos, ¡no saben que les aporta más que un guiso de pollo! Bendita verdolaga".
Avancé mi mano lentamente y comencé a jugar disimuladamente con ella. Kenya parecía esperar encontrar algo con la vista, y sus orejas parecían moverse cual antena ante cualquier signo de alerta. Estaba demasiado distraída, por lo que arranqué varias matas de verdolaga y me las llevé a la boca tras sacudirlas levemente. Sabía que no era la manera más higiénica de ingerirlas, pero me valía cualquier cosa con tal de engañar al estómago.
Una brisa comenzó a nuestro alrededor comenzó a cobrar fuerza, para convertirse en un torbellino acompañado de un chillido familiar. El denominado por Kenya, Horus, se dejaba ver torpemente en la lejanía, batiendo sus alas de manera impetuosa a pesar de sus heridas. Desde luego, parecía un ser imbatible.
Llevábamos varias horas en medio de un descampado a la vista de cualquier ser, y yo empezaba a sentirme deshidratada. Miré a mi alrededor por primera vez de manera consciente, y analicé cada una de los brotes que nacían de la tierra. Una imagen se detuvo en mi cabeza, la de mi padre con una planta comestible sosteniéndola en su mano: "crece de manera espontánea en cualquier rincón que te imagines, en la sombra, en el sol, en suelos pobres, sobre la piedra, sobre la arena... ¡Ja, ja, ja! Y la gente la considera maleza, pobres ineptos, ¡no saben que les aporta más que un guiso de pollo! Bendita verdolaga".
Avancé mi mano lentamente y comencé a jugar disimuladamente con ella. Kenya parecía esperar encontrar algo con la vista, y sus orejas parecían moverse cual antena ante cualquier signo de alerta. Estaba demasiado distraída, por lo que arranqué varias matas de verdolaga y me las llevé a la boca tras sacudirlas levemente. Sabía que no era la manera más higiénica de ingerirlas, pero me valía cualquier cosa con tal de engañar al estómago.
Una brisa comenzó a nuestro alrededor comenzó a cobrar fuerza, para convertirse en un torbellino acompañado de un chillido familiar. El denominado por Kenya, Horus, se dejaba ver torpemente en la lejanía, batiendo sus alas de manera impetuosa a pesar de sus heridas. Desde luego, parecía un ser imbatible.
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