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sábado, 29 de diciembre de 2018

- Vulcania - Capítulo XI - "El rescate"


Apenas se resistió media sonrisa en el rostro de Kenya, junto con su incesante mirada retadora que vestía desde que me reencontré con ella. Ahora me preguntaba si sufría algún tipo de enfermedad mental como ser bipolar, o si simplemente había sido una estupenda actriz todos estos años.

- ¿Qué pretendes hacer?- le interrogué tras observarla durante unos segundos.
- Ese ser del que te hablo, el Horus, es un ser que no pertenece a este planeta, necia. Mi abuela dejó plasmado su vaticinio en sus escritos sobre la llegada de una criatura maligna, de otro mundo. Sembraría el caos en nuestro planeta, y eliminaría todo rastro de humanidad sobre la faz de la tierra- entonces se giró hacia mí, dándome cuenta de que su mirada había recobrado la dulzura propia de su persona. Finalmente añadió:- Y por eso debo eliminarlo.

Yo no podía explicarme cómo podía ser verdad que una criatura tan bella y noble pudiera provocar un final tan nefasto. Me entristeció profundamente al recordar los breves momentos que compartí con este ser, cómo le curé la herida, cómo me dejó acercarme, y cómo desapareció... Sin hacerme ningún tipo de daño intencionado. ¿Cómo podía ser? Si su intención era eliminar todo motivo de vida sobre el planeta, ¿por qué no empezó por mí? Podía haberme matado de un simple plumazo literalmente. En ese momento, a Kenya le empezó a rodear un especie de halo azul alrededor de su cuerpo, que se concentraba y se hacía más fuerte y llamativo sobre la palma de su mano. Deduje que estaba absorbiendo energía de manera mágica, porque a su vez, yo sentí una repentina debilidad física, como si en cualquier momento mi cuerpo pudiera desfallecer. Conseguí ver que ante mí, se iba a librar un enfrentamiento entre ambos Kenya y Phoenix, mientras Kenya seguía acumulando poder y el Horus aumentaba la velocidad para cargar su cuerpo contra Kenya, o eso creía.

Perdí la consciencia antes de que los dos cuerpos mágicos estallaran en una especie de placaje contra Kenya. Cuando abrí los ojos, creí haber muerto, pues en toda la panorámica que podía llegar a avistar, tan sólo me invadía un color, el celeste. Además, descubrí que mi cuerpo volaba, pues no cesaba el intenso viento y que, como si de mi espalda surgieran, a ambos lados de mis hombros, se extendían unas enormes alas doradas. Por suerte, mi cerebro no tardó mucho más en situarme en la verdadera realidad: me hallaba tumbada sobre el lomo de Phoenix. Pareció percatarse de mi repentino despertar, pues lanzó unos de sus chillidos de ave, e inmediatamente se posó sobre la colina más próxima de la manera más cuidadosa posible. Abrumada por la belleza y la nobleza del ser, mis labios sólo pudieron articular:
- Eres el ser más precioso que han visto mis ojos, Phoenix... - sin dejar de mirarle, las últimas imágenes guardadas en mi memoria se mostraron ante mí, y por fin, reaccioné-. Tú no quieres matarnos, ¿por qué ella a ti sí?


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