Estadísticas

lunes, 14 de noviembre de 2011

Walpurgis. Parte V

Efectivamente, antes de que las brujas lograran entrar, los chicos tuvieron tiempo suficiente para alejarse de la recepción. No sabían cómo salir, ni adónde ir, hasta que Lisa recordó las últimas palabras de Lorraine:
-Cuatrocientos veinte, ¡vamos!- todos entendieron, y la siguieron.
Abrieron la puerta sin necesidad de una llave, tal y como les dijo unas horas antes la recepcionista. El interior de la habitación se hallaba iluminado por diversas velas. Una gran cama, un armario y una mesita de noche completaban el cuarto. Descubrieron también, que fuera del ventanal, alguien había adornado sus esquinas con trenzas de ajo. Laura, llevada por el agotamiento del día, acudió hasta la cama, y tras testear la almohada, encontró que bajo ella había unas tijeras de metal abiertas.
De nuevo, unas sonoras risotadas recorrieron cada esquina del hostal, llegando hasta sus oídos. Como si la habitación quisiera aislarse de aquel sonido, la puerta se cerró lentamente con pestillo.
-Dicen que las tijeras abiertas mantienen nuestro hilo de vida sin romper- Lorraine había aparecido de la nada, sobresaltando a sus huéspedes-. Y que las velas nos mantienen alejados de los malos espíritus.
-Entonces... no deberías estar aquí- Diego habló sin pensar, sin tomar en cuenta que podría ofender a la chica.
-Yo soy la guardiana del hostal- contestó Lorraine, clavando sus ojos en los de Diego-. Estoy aquí para proteger a los huéspedes. Ellos son los espíritus que no deberían estar aquí.
Todos se volvieron hacia donde señalaba la recepcionista con sus huesudos dedos, hacia el ventanal. Las sombras volvían a acechar desde lejos, provocando algunos gritos entre los amigos. Ésto despertó el interés de las brujas, que se encontraban muy cerca de la habitación y ya reconocían las voces de sus próximas víctimas.
En la habitación, todo empezaba a pasar muy rápido. Alfred y su hija hablaban de manera apresurada, al parecer de algo importante. Cuando terminaron, Lorraine se dirigió a los jóvenes.
-Servatis a periculum, servatis a maleficum...-le miraron extrañados- No dejéis de repetirlo cuando entren las brujas. Usad lo que sea para mantenerlas a raya.
-El resto lo haré yo- concluyó Alfred.
Entonces Lorraine se convirtió en una luz cegadora, e intentó avanzar hacia las sombras, que habían logrado romper el vidrio. Las brujas intentaban echar abajo la puerta, con golpes acompañados de gritos. Laura fue la primera en reaccionar, cogiendo las tijeras que encontró bajo la almohada; los demás cogieron las velas.
-¿Cómo dijo que era? ¿Seratia perculo?
-Servatis a periculum, empecemos ya todos. Servatis a periculum, servatis a maleficum...-Alfred les ayudó, y todos se unieron.
De repente, la puerta que les separaba se partió por la mitad, dando paso a las mujeres con una expresión de triunfo en cada una de sus caras. En ese momento, aquello era una auténtica algarabía, como si dos grupos musicales cantaran a capella para ganar algo.
-Esto no funciona, están como si nada- comentó Rose-Marie, dirigiéndose a Lisa.
-Pues pasemos al plan "B"- replicó Lisa, cogiendo las tijeras de Lisa y cortando grandes trozos de las sábanas de la cama. Acto seguido, cogió una vela e incendió cada trozo de tela para luego tirárselas a las brujas, cortándoles el paso. Los demás le copiaron, y al rato, la habitación empezó a llenarse de humo, pero habían conseguido su objetivo: las brujas gritaban de dolor, el fuego consumían su ropa, unas se sacudían, y otras simplemente corrían. Ante la escena, decidieron que era el mejor momento para salir.
-Salgamos por la ventana, será mejor- propuso Alfred- A veces los vivos son más peligrosos que los propios muertos.
Esto último les recordó que aún había una lucha en el exterior. Ahora que las sombras no recibían el apoyo de las brujas, la luz parecía ganar terreno, haciéndose cada vez más grande. Uno por uno, Alfred y los chicos atravesaban la ventana, para parar en un tejado de una pequeña caseta adosada. Acto seguido, encontraron una escalera vertical por un lado de la fachada, por la que bajaron con algo de dificultad debido a su inestabilidad. Le tocaba a Mildred descender, cuando una de las sombras se desvió de la lucha ya perdida, para hacer un último intento de hacer daño a los huéspedes como venganza; todos vieron cómo la sombra la atravesaba, vieron cómo le provocó a Mildred una especie de convulsión que le hizo caer al suelo. Sus amigos corrieron a socorrerla.
-Tranquilos, estoy bien- les calmó Mildred.
Mientras, Alfred observaba cómo la luz de su vida, su maravillosa hija, se alejaba de nuevo. Ésta se adentraba de nuevo al hostal, volvía a su actual hogar. A pesar de que ya había desaparecido, él no quitaba los ojos de ahí, esperando que en cualquier momento se cumpliera la predicción que su hija le dio unos minutos antes:
-Papá, te oigo cada vez que me hablas por las noches... Ha sido hermoso ver que siempre que puedes me visitas, lees mi epitafio a pesar de que te lo sepas de memoria, y dejas esas flores del color que a mí tanto me gustan... Necesito oír que me perdonas por haber ignorado tu petición de no seguir los mismos pasos que mamá hizo al trabajar en este hostal que nos ha quitado la vida... Mi deseo por proteger este lugar ha terminado, quiero reunirme con mamá y estar en paz, pero no sin antes oír que me perdonas, ¿lo harás?-
Mientras las palabras de Lorraine resonaban en la mente de Alfred, se vio cómo de nuevo una luz cobraba protagonismo en el edificio, una luz que recorría cada una de las ventanas, desde la planta superior iba descendiendo hasta lo más bajo.
-Pequeña, tú no tienes la culpa de nada... Simplemente ocurrió. Siempre has estado perdonada- reprodujo Alfred en su cabeza a la vez que contemplaba aquel espectáculo de luces que, en un determinado momento, se extinguieron. Lo siguiente que sintieron todos fue un temblor bajo sus pies. Segundos más tarde, el edificio se desplomaba como si de montaña de naipes perfectamente colocado se tratara. Alfred y los demás se alejaron de lo que ya sólo iban a quedar añicos del hostal.
-Gracias, papá- se despidió Lorraine, con una última sonrisa que Alfred guardaría en sus mejores recuerdos.

1 comentario:

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar