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lunes, 7 de noviembre de 2011

Walpurgis. Parte III

Cuanto más tiempo pasaban en aquel hostal, más crecía la idea de que lo mejor era irse de allí.
Un hombre de estatura media y algo rechoncho, les observaba con una mirada triste (que curiosamente les resultaba familiar), a la espera de que los muchachos le dieran respuestas. Decía llamarse Alfred y, aunque tenía un aspecto paternal debido a su avanzada edad, no se fiaban demasiado de él. Finalmente, al ver que él se decidió a presentarse, los aparentemente "intrusos", también lo hicieron. Cuando le contaron su improvisada noche, el pobre hombre parecía estar más confuso aún que al verles por primera vez.
-¿Y decís que os recibió una recepcionista?- preguntó casi retóricamente, como reflexionando sobre ello.
-Ajá, era una chica joven, de pelo rubio y corto, delgada...-Mildred enmudeció al ver que el rostro de Alfred palidecía levemente.
-Veréis, vivo a pocos metros de aquí, conozco bien este hostal... y es imposible que os recibiera nadie. Hace años que... en fin... digamos que este lugar, el hostal en concreto, cogió mala fama y lo cerraron- los chicos se quedaron perplejos ante la noticia.
-¿Qué insinúa? ¿que la chica que dice ser la recepcionista nos ha tomado el pelo?- todos miraron a Diego.
-Creo que no insinúa sólo eso...
-A ver, no saquemos conclusiones precipitadas; es posible que fuera una okupa en busca de compañía- Rose-Marie se tomaba la situación con cierta guasa.
-Me temo que no, muchachos...-intervino Alfred- tengo la estremecedora sensación de que se trata de algo más complicado. Lo mejor sería dejar el hostal. Si no tenéis dónde dormir, podéis quedaros en mi casa por esta noche.
Al grupo de amigos no les hacía gracia el misterio que contenían las palabras de Alfred. ¿Estaría bien de la cabeza? ¿podían fiarse de él? Tras una breve y disimulada charla, pensaron que incluso el coche parecía el lugar más seguro de todos.
-Salgamos de aquí- sentenció Lisa.
Todos iban decididos a hacerlo, cuando llegando a la puerta que permanecía abierta... ¡POM!
Se cerró de golpe. Alfred intentó abrirla, sin éxito. Incluso con la ayuda de los demás fue imposible, y se rindieron. Fue cuando entonces se percataron de que una figura menuda, al final del pasillo, llevaba un rato observándoles.
-No se abrirá- dijo una voz de entre las tinieblas-. Estaréis más seguros aquí dentro.
-¿¡Seguros de qué!?- gritó Diego, exasperado.
La recepcionista dejó que la luz dejara mostrar su rostro.
-¡¡Lorraine!!- exclamó Alfred.
-Papá...-parecía que del rostro de la chica desapareció la dureza que la caracterizaba- Papá...
Los jóvenes contemplaban la escena con incredulidad. Parecía que hacía años que padre e hija no se veían pero, ¿por qué? ¿acaso no sabía que "trabajaba" allí?
Alfred se acercó a su supuesta hija, y apenas rozó sus dedos sobre sus mejillas, sintió que su piel estaba helada, sin color, sin consistencia... sin vida.
La entrañable y escalofriante escena se vio interrumpida por la presencia de unas sombras, ya conocidas, que descendían las imponentes escaleras de la recepción. Lorraine era consciente de lo que iba a suceder, por lo que se apresuró a decir:
-Número cuatrocientos veinte...-su voz sonaba apagada mientras las sombras la arrastraban a su sitio de origen, escaleras arriba.
-¡Lorraine! ¿¡Adónde te llevan!?-intentó seguirla, pero antes de que pudiera agarrarla por el brazo, ya había desaparecido- Mi pequeña...

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