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jueves, 17 de noviembre de 2011

Veintidós de octubre del dos mil diez

-¿Por qué no te preocupas en observar qué es lo que tú necesitas? Yo ya lo sé, no hace falta que indagues en mi mente- dijo Mer, mientras veía a través del rabillo del ojo que aún él seguía con la mirada perdida-. ¿Sabes qué es lo que necesito de ti? Lo que haría que me me arrojara a tu abismo... Ver que en el fondo piensas en mí inconscientemente, notar que cuando te hablo aún provoco cierto nerviosismo en ti... Saber que cuando mi imagen aparece cuando cierras los ojos, sonríes. Pero desde este lado del abismo, sólo veo oscuridad, frialdad...
Adam cerró lo ojos. Pasaron mil imágenes ante él, pero Mer no aparecía en ninguna. La mayoría de ellas formaban parte de un pasado demasiado lejano, pero feliz. Feliz hasta cierto punto. Un rostro dulce pero con una mirada triste se presentó a pocos centímetros de él. Los labios de aquella chica pronunciaban algo que él no oyó, y sin embargo supo leer: "No estoy enamorada de ti, Adam. No tiene sentido que sigamos así." Sintió que algo recorría sus mejillas. Abrió los ojos repentinamente, como si acabara de despertar de un mal sueño, y por un momento pensó que aquel cosquilleo en el rostro eran lágrimas.
Había comenzado a llover, y Mer ya no estaba a su lado. Sin embargo, permaneció allí bajo la lluvia, la cual se hacía más intensa, en medio de una gran calle que no solía estar tan moribunda como aquella noche.

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