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sábado, 29 de diciembre de 2018

- Vulcania - Capítulo XIII - "La revelación"


Imagino que Phoenix pensó que aquel supondría su final, sin embargo, tras la oscuridad de ese precipicio se encontró con el herbáceo suelo de otro planeta muy similar, el nuestro, la Tierra. Fue tras esa caída estrepitosa caída cuando se dañó el ala.
La gema dejó de emitir imágenes en mi cabeza para devolverme a la realidad. Dejó de brillar, y se volvió a introducir en el pecho del grifo. Miré a Phoenix emocionada, y tan sólo pude articular:
-Siento tu pérdida, pequeño- en aquellos momentos pasaban muchos pensamientos dispares en mi cabeza, como que no sólo en nuestro planeta existían especies de humanos que se aprovechaban de otros seres.
Me pregunté cómo pudo Phoenix depositar confianza en mi persona tras una mala experiencia con seres similares a mí. Como leyendo mis pensamientos, el grifo giró su cabeza hacia la herida que ya no era apenas detectable. Sonreí como pude, pues notaba que mis labios se agrietaban con el más mínimo movimiento. Tras ordenar mis pensamientos, también entendí una cosa más: el engaño de Kenya. Tras saber esta historia, sólo pude concluir que la bruja podía conocer los poderes de la gema de unos de estos seres, y que ésto tan sólo podía otorgarle aún más poder. Jamás tuvo la intención de salvar a nadie.
Ahora llegaba lo más complicado, averiguar cómo luchar contra ese poder. O quizá la pregunta era más bien, cómo inhibirlo.
Me senté sobre la espesa hierva, enredando mis ideas entre los brotes, y haciendo que mis dedos volvieran a jugar con ella. Me di cuenta de lo derrotada que estaba, pero también me di cuenta...
Phoenix, ya sé cómo inhibir el poder de esa estúpida bruja o lo que diablos sea!- exclamé feliz y muriéndome de dolor por no poder evitar sonreír.

El grifo pareció devolverme la sonrisa.

- Vulcania - Capítulo XII - "Procedencia"


El Horus parecía querer entenderme, pues su gesto inmediato fue ladear la cabeza. Entonces, sobre su pecho surgió una luz brillante blanca que terminó definiéndose en la forma de una gema. Parecía sobrar vida a su antojo, pues seguidamente, actuó en forma de pequeño espejo en el que vi reflejado mi aspecto demacrado. Sentí el impulso de acercarme y tocarlo, y vi que al grifo no parecía importarle, así que no me detuve. La gema parecía decirme que ya era suficiente, pues de nuevo cambió su apariencia y tomó los colores del mismísimo universo oscuro, e iluminado tan sólo por lejanas estrellas y constelaciones. Además, parecía insertarme en ese impensable viaje sin necesidad de traje de astronauta. El viaje fue fabuloso hasta que reconocí, a lo lejos, un agujero negro tragándose toda materia a su alrededor, entre ella, lo que parecían los restos de una estrella. Sentí verdadero terror, pues creí que en cualquier momento también me vería convertida en materia muerta en medio del espacio. Sin embargo, algo más fuerte absorbió mi cuerpo, para coger una velocidad vertiginosa a través de un túnel compuesto de colores estelares por doquier. Por fin parecía acercarse el final del viaje, que desembocó un lugar un tanto más familiar. Bajo mis pies se esforzaban por crecer brotes de flora extraterrestre. Y es que eso lo tenía claro, no se trataba de nuestro planeta. Puede que hubieran cordilleras nevadas, inmensas llanuras de un color verde intenso, y desiertos rojizos que parecían ser el reflejo del su particular Sol, pero... dudo mucho que en algún momento de la vida de la Tierra, ésta contara con tres espectaculares lunas dispuestas triangularmente.
La gema me dirigió entonces a un lugar recóndito de, digamos"su planeta", entre aquellas inmensas cordilleras, adentrándome en una espaciosa cueva, la cual no se parecía a la que tuve "el placer" de conocer cuando me perdí. Al final de la cueva, había un precipicio sin fin, oscuro como el agujero negro. El sonido de un resoplido a mis espaldas me llevó a girarme para ver cómo un grifo se internaba también en la cueva. Parecía agitado e inquieto a la espera de la aparición de alguien más. Me acerqué para ver quién más se aproximaba, y lo siguiente fue desolador. Otro grifo más, bastante débil, se arrastraba con una profunda herida en su pecho, con la misma forma de la gema que provocaba estas escenas. Más atrás, una figura humanoide pero bastante voluminosa y robótica, avanzaba pero levitando sobre el suelo con un aparato angular sobre una de sus extremidades, y con una gema brillando sobre la palma de su mano, la que supuse entonces, que debía estar naturalmente sobre el pecho del grifo herido. Sin articular palabra, entendí que éste le comunicó a Phoenix, sí, debía ser Phoenix, que no se dejara atrapar.
-No dejes que se lleven lo que buscan, con cada gema, se creen más dueños de Vulcania- sus ojos se apagaban más con cada segundo que pasaba, y Phoenix seguía intentando llevarla con él. Ella le miró por última vez, y añadió-. Viví la vida que quise junto a ti...
Vi lágrimas en aquellos ojos aguileños, y cuando se oyó un sonido robótico aún más cercano, tomó su última decisión desesperada: arrastró el cuerpo del grifo fallecido y el suyo propio hasta el precipicio justo antes de que el humanoide consiguiera atraparles.

- Vulcania - Capítulo XI - "El rescate"


Apenas se resistió media sonrisa en el rostro de Kenya, junto con su incesante mirada retadora que vestía desde que me reencontré con ella. Ahora me preguntaba si sufría algún tipo de enfermedad mental como ser bipolar, o si simplemente había sido una estupenda actriz todos estos años.

- ¿Qué pretendes hacer?- le interrogué tras observarla durante unos segundos.
- Ese ser del que te hablo, el Horus, es un ser que no pertenece a este planeta, necia. Mi abuela dejó plasmado su vaticinio en sus escritos sobre la llegada de una criatura maligna, de otro mundo. Sembraría el caos en nuestro planeta, y eliminaría todo rastro de humanidad sobre la faz de la tierra- entonces se giró hacia mí, dándome cuenta de que su mirada había recobrado la dulzura propia de su persona. Finalmente añadió:- Y por eso debo eliminarlo.

Yo no podía explicarme cómo podía ser verdad que una criatura tan bella y noble pudiera provocar un final tan nefasto. Me entristeció profundamente al recordar los breves momentos que compartí con este ser, cómo le curé la herida, cómo me dejó acercarme, y cómo desapareció... Sin hacerme ningún tipo de daño intencionado. ¿Cómo podía ser? Si su intención era eliminar todo motivo de vida sobre el planeta, ¿por qué no empezó por mí? Podía haberme matado de un simple plumazo literalmente. En ese momento, a Kenya le empezó a rodear un especie de halo azul alrededor de su cuerpo, que se concentraba y se hacía más fuerte y llamativo sobre la palma de su mano. Deduje que estaba absorbiendo energía de manera mágica, porque a su vez, yo sentí una repentina debilidad física, como si en cualquier momento mi cuerpo pudiera desfallecer. Conseguí ver que ante mí, se iba a librar un enfrentamiento entre ambos Kenya y Phoenix, mientras Kenya seguía acumulando poder y el Horus aumentaba la velocidad para cargar su cuerpo contra Kenya, o eso creía.

Perdí la consciencia antes de que los dos cuerpos mágicos estallaran en una especie de placaje contra Kenya. Cuando abrí los ojos, creí haber muerto, pues en toda la panorámica que podía llegar a avistar, tan sólo me invadía un color, el celeste. Además, descubrí que mi cuerpo volaba, pues no cesaba el intenso viento y que, como si de mi espalda surgieran, a ambos lados de mis hombros, se extendían unas enormes alas doradas. Por suerte, mi cerebro no tardó mucho más en situarme en la verdadera realidad: me hallaba tumbada sobre el lomo de Phoenix. Pareció percatarse de mi repentino despertar, pues lanzó unos de sus chillidos de ave, e inmediatamente se posó sobre la colina más próxima de la manera más cuidadosa posible. Abrumada por la belleza y la nobleza del ser, mis labios sólo pudieron articular:
- Eres el ser más precioso que han visto mis ojos, Phoenix... - sin dejar de mirarle, las últimas imágenes guardadas en mi memoria se mostraron ante mí, y por fin, reaccioné-. Tú no quieres matarnos, ¿por qué ella a ti sí?


- Vulcania - Capítulo X - "Un reencuentro indeseado"

Me tomó unos segundos hasta que mis ojos se habituaron a la luz del exterior. Sin embargo, había una figura que me resultaba bastante familiar. Sus trenzas oscuras que imitaban a las rastas caían sobre sus hombros. Se presentaba totalmente inmóvil y frente a la boca de la cueva, como esperando con los brazos cruzados que saliera alguien en cualquier momento.
Me pregunté si la piel oscura de Kenya sumada a las sombras de los árboles a su alrededor endurecían su expresión, aunque su pregunta directa y rotunda me confirmaron su actitud hostil.
- ¿Dónde está, Sam?
- Hola, Kenya.
- Déjate de formalidades. Dime dónde lo tienes.
- ¿Me podrías decir a qué te refieres?- quise aparentar tranquilidad, pero lo cierto es que paré en seco, Kenya no parecía la misma.
- El Horus. Sé que estaba contigo ahí dentro- Kenya descruzó los brazos, y descubrió entre ellos una gran pluma dorada que parecía pertenecer a Phoenix-. Ese ser puede significar el fin de nuestros días, Sam. 
- Entiendo, te refieres a la criatura que encontré ahí dentro... Desapareció.
Kenya entornó los ojos, intentando escrutar mi mirada y mi voz en busca de algún indicio de mentira en mis palabras. Entonces sonrió y con una disimulada mirada altiva, me ofreció su invitación:
- Acompáñame, Sam. Te llevaré a un sitio seguro.
- Estoy perfectamente, no necesito que me cuides. 
- Vendrás igualmente.
- ¿Y por qué iba a hacerlo?
Kenya no necesitó darme una contestación. Inexplicablemente, mis piernas tomaron movimientos en contra de mi voluntad, y me dirigían hacia ella. Intenté resistirme, pero era completamente inútil. Cuando me situaron a tan sólo medio metro de ella, ésta aprovechó para la cercanía para lanzar una sutil amenaza.
- Porque si no lo haces voluntariamente, lo haré yo por ti- dijo guiñándome un ojo. Fue cuando entonces entendí la oscuridad tras su mirada.

Llevábamos varias horas en medio de un descampado a la vista de cualquier ser, y yo empezaba a sentirme deshidratada. Miré a mi alrededor por primera vez de manera consciente, y analicé cada una de los brotes que nacían de la tierra. Una imagen se detuvo en mi cabeza, la de mi padre con una planta comestible sosteniéndola en su mano: "crece de manera espontánea en cualquier rincón que te imagines, en la sombra, en el sol, en suelos pobres, sobre la piedra, sobre la arena... ¡Ja, ja, ja! Y la gente la considera maleza, pobres ineptos, ¡no saben que les aporta más que un guiso de pollo! Bendita verdolaga".
Avancé mi mano lentamente y comencé a jugar disimuladamente con ella. Kenya parecía esperar encontrar algo con la vista, y sus orejas parecían moverse cual antena ante cualquier signo de alerta. Estaba demasiado distraída, por lo que arranqué varias matas de verdolaga y me las llevé a la boca tras sacudirlas levemente. Sabía que no era la manera más higiénica de ingerirlas, pero me valía cualquier cosa con tal de engañar al estómago.

Una brisa comenzó a nuestro alrededor comenzó a cobrar fuerza, para convertirse en un torbellino acompañado de un chillido familiar. El denominado por Kenya, Horus, se dejaba ver torpemente en la lejanía, batiendo sus alas de manera impetuosa a pesar de sus heridas. Desde luego, parecía un ser imbatible.