Iluminé de un lado a otro para evaluar las dimensiones de aquel gran sector. Decidí que no debía avanzar más por el momento, pero también me percaté de todas las horas que llevaba sin probar bocado. Examiné detenidamente los alrededores, y descubrí lo que parecía un jabalí muerto sobre el suelo. Mi primer pensamiento fue cocinarlo en una pequeña hoguera fuera de la cueva. Posteriormente, pensé en lo cuidadosamente desgarrado que había sido, pues podía distinguir casi a la perfección cada costilla y cada pequeño hueso de la columna. Pero esto me llevó al último y problemático pensamiento. "¿Acaso esto era una presa? ¿Cómo había llegado ese jabalí ahí? No suele ser el típico hogar de un mamífero así, por lo tanto, algo o alguien debía de haberlo traído hasta aquí... Entonces, podría estar en compañía de algún ser capaz de matar, ¿corro peligro?". Instintivamente, comencé a dar pasos hacia atrás, alejándome de aquello. Inmediatamente, tropecé con algo que me hizo caer de espaldas sobre un cuerpo enorme. Me quedé muy quieta por el calor que desprendía aquel cuerpo. Miré a mi izquierda, exactamente vi que mi brazo descansaba sobre una garra el doble de grande que mi cabeza. Las pezuñas asomaban amenazantes tras una gran masa de pelos muy gruesos.
Mi cabello comenzó a agitarse hacia mi cara. El fuerte aliento de mi nuevo compañero de cueva arreciaba sobre mi espalda, y especialmente sobre mi cuello. Esto provocó que una lágrima de desesperación recorriera mi rostro, a la vez que mi respiración se intensificaba. ¡Qué manera tan estúpida de morir! Prácticamente, esperé casi impaciente el desgarramiento de cualquier parte de mi cuerpo, o un corte limpio en la yugular, según fuera el estilo de mi futuro asesino.
Cuando pasaron unos segundos, que me parecieron horas, sin que recibiera ningún ataque, me armé de valor para levantarme de un salto y alejarme de la criatura buscando refugio tras una roca. Nada. Nada parecía seguirme, nada parecía buscarme. Me senté un momento buscando con la mirada mi linterna de senderista de pacotilla, y preguntándome en qué momento debí perderlo. Obviamente, cuando tropecé, debió caer.
Efectivamente, conseguí hallar mi linterna a unos metros de mí, apuntando hacia las garras que acababa de ver. El ser no parecía moverse, pero era evidente que estaba vivo, pues entre las sombras, notaba cómo su cuerpo se dilataba al respirar. ¿Estaba dormido? Si era así, era mi momento de salir de allí, y mi linterna y mi mochila eran imprescindibles para poder huir.
Decidí improvisar, no tenía tiempo, por lo que el plan en mi cabeza era sencillo: salir de mi escondite, acercarme cuidadosamente para recoger mis cosas y correr cual gacela en apuros. Seguí esta estrategia, sin dejar de mirar la sombra del ser. Primero, recogí la mochila, y seguidamente, me dispuse a recoger la linterna, con tan mala suerte que, al yacer sobre un suelo heterogéneo, el relieve hizo que el mínimo tacto provocara que rodara a un par de metros de distancia. Me quedé inmóvil unos segundos para asegurarme que todo seguía tranquilo, y volví a situarme a la altura de la linterna que ya no iluminaba al ser.
Finalmente, conseguí recogerlo sin esfuerzo, pero lo que no esperaba es que al iluminar frente a mí, ya dispuesta a marcharme, me encontraría el rostro de un animal que jamás habían visto ni imaginado siquiera mis ojos. Un enorme pico reflejaba la luz de mi linterna, y dejando entrever ocasionalmente el brillo de unos ojos amarillos cuya disposición de las plumas le daban expresión de enfado. Por esta descripción de su morfología, sin duda debía ser un águila, pero dos o tres veces más grande que el extinto y legendario águila de Haast, del que me habló mi padre en alguna ocasión.
El extraño ser, entonces, alzó la cabeza y emitió un chillido que inundó la cueva, seguidamente volvió a mirarme fijamente a los ojos.
Estadísticas
jueves, 26 de julio de 2018
miércoles, 25 de julio de 2018
Vulcania - Capítulo VII - "Caminos separados"
Inmediatamente los tres compañeros comenzamos a correr sin saber muy bien hacia dónde. Yo seguía la estela de Kenya, y Fer la mía. Sin embargo, de nuevo, nos adentramos en la espesura, aparentemente dirección hacia la costa, hasta que prácticamente le perdimos la vista unos de otros. Aminoré el ritmo al notar un ambiente diferente, algo más fresco, un oasis en medio de la ladera, la naturaleza rebosaba vida, y no parecía presagiar una catástrofe natural.
Todo lo que me rodeaba hacía un llamado a la tranquilidad, por lo que me dejé llevar, y observé entonces que gran parte de la vegetación que allí nacía no era la flora propiamente endémica de la isla. Al poco rato, me vi rodeada totalmente de paredes vegetales de toda clase, y delante de mí se alzó, como aparecido de la nada, la entrada de una gran y oscura cueva.
Llegados a este punto, los pensamientos en mi cabeza se asemejaban a un remolino con gran variedad de ideas, pero todos apuntaban a una misma cosa, y se resumía en un resultado a una ecuación matemática: "allá afuera hay una erupción volcánica que está deseando sepultarme bajo toda esa lava; me pregunto cómo es posible trozo de tierra tan espectacular e ilógico pero sus seres vivos no parecen acechantes. Esa cueva puede ser mi salvación o mi perdición, pero ahí afuera me espera también una muerte segura...".
Segundos más tardes, tras coger una bocanada de valentía imparable, me dispuse a adentrarme en la oscuridad de la cueva. Recordé entonces que de mi llavero colgaba una linterna de leds que nunca antes usé. Me pregunté si las pilas seguirían con energía para un momento tan oportuno. Busqué a ciegas en el bolsillo más profundo de mi mochila, con éxito. Mi corazón pareció calmarse por un segundo cuando una tímida luz surgió de mi mano. Cada vez eran menos las razones para darme la vuelta. Quizá una, mi padre. Le echaba de menos, me volví a sentir una chiquilla de 5 años en busca de un abrazo protector de su padre. Conforme avanzaba, intenté serenarme y apartar estos sentimientos de mi joven corazón.
La cueva era muy húmeda, no sólo lo notaba en el ambiente pesado, sino también por el sonido de gotas al caer sobre pequeños charcos. Esto me recordó a un consejo de un compañero senderista, "si hay agua en una cueva, cuidado por donde pisas, podrías caer en una poza sin salida; y si la tienes delante de ti, y de adentras en la poza, es posible que llegue un momento en el que el agua llegue hasta el techo de la cueva, obligándote a bucear, lo cual resulta francamente desorientador. Las cuevas son impredecibles, y por eso me resultan tan apasionantes...". Realmente sabía de lo que hablaba, por lo que tuve bastante en cuenta sus palabras.
Ya llevaba veinte minutos andando, y mi recorrido se resumió en una entrada enorme con paredes revestidas de helechos, en un posterior estrechamiento de las paredes, las cuales dejaban ver la dura roca de la que estaba hecha; y de nuevo, el techo volvía a alzarse ante mis ojos hasta tal punto que creía haber llegado al interior de una catedral natural, debido a las estalagmitas que emergían del suelo, y a columnas naturales que dividía la cueva en distintos sectores.
viernes, 13 de julio de 2018
- Vulcania - Capítulo VI - "Cuando el cielo oscurezca..."
La tarde se había consumido rápidamente cuando llegamos a nuestro destino, sin embargo, nos regaló unos últimos minutos en los que una gama de colores dorados iba apagándose.
En ese momento de tranquilidad, el sonido y el movimiento entre los arbustos distrajo nuestra atención. Nos habíamos habituado al constante murmullo de la naturaleza, pero esta vez nos distrajo la brusquedad de los movimientos, como si se tratara de un animal grande y torpe. Me atreví a tomar una piedra mediana del suelo, con suficiente peso para poder sostenerla con la mano y analicé mi alrededor. Mis ojos se posaron en un arbusto del camino del que veníamos, cogí impulso con el brazo y...
-¡Espera, espera!- exclamó una voz surgiendo del mismo arbusto justo a tiempo antes de que lanzara la piedra a modo de advertencia- ¡Soy yo! ¡Soy Fer!
- Fer, ¿qué haces escondido ahí? ¿Nos has seguido?- Kenya se mostraba algo molesta de encontrarse al muchacho, a pesar de conocerle.
-No exactamente, sólo quería saber que estabais bien. No entendía muy bien por qué, al contrario del resto que se quedó resguardado en el instituto, vosotras salíais de él- comentó Fer, aparentemente con bastante sinceridad.
Kenya aceptó a regañadientes que se quedara con nosotras. Yo lo agradecí. Lo cierto es que por momentos, la situación se tornaba turbia, y el simple hecho de estar lejos de la urbe me hacía sentir insegura.
Al caer por fin la noche, Fer se ofreció a hacer una discreta hoguera, no por frío sino por tener un pequeño foco de luz, pues a pesar de que la temperatura había caído casi en picado, el suelo seguía desprendiendo ondas de calor. Esta combinación era perfecta para caer rendido al sueño, pero lo cierto es que no tenía por costumbre dormir a la intemperie, ni junto a desconocidos, ni tras una serie de acontecimientos disparatados... El peso de los pensamientos en mi cabeza terminó por apagar mi energía, y un par de horas más tarde el cansancio terminó por apoderarse de mí. Y de mis dos compañeros.
-Sam, despierta...- una voz lejana y con eco resonaba en mi cabeza- Sam, ¡Sam! ¡Por favor, despierta!
La sensación de querer despertar pero de que el cuerpo aún estaba reaccionando a mis impulsos me agobió. Empecé a notar una vibración en el cuerpo, que alguien me estaba agitando. Por fin, abrí los ojos repentinamente, vi a Kenya en un primer plano, y mucha luz de fondo. El saber de dónde provenía tanta iluminación siendo aún de noche, me hizo reaccionar, lo cual me hizo levantarme literalmente de un salto. Sobre las faldas del monte Kutkut, por donde antes huía el rebaño de ovejas, ahora se deslizaba un espeso manto anaranjado de lava.
En ese momento de tranquilidad, el sonido y el movimiento entre los arbustos distrajo nuestra atención. Nos habíamos habituado al constante murmullo de la naturaleza, pero esta vez nos distrajo la brusquedad de los movimientos, como si se tratara de un animal grande y torpe. Me atreví a tomar una piedra mediana del suelo, con suficiente peso para poder sostenerla con la mano y analicé mi alrededor. Mis ojos se posaron en un arbusto del camino del que veníamos, cogí impulso con el brazo y...
-¡Espera, espera!- exclamó una voz surgiendo del mismo arbusto justo a tiempo antes de que lanzara la piedra a modo de advertencia- ¡Soy yo! ¡Soy Fer!
- Fer, ¿qué haces escondido ahí? ¿Nos has seguido?- Kenya se mostraba algo molesta de encontrarse al muchacho, a pesar de conocerle.
-No exactamente, sólo quería saber que estabais bien. No entendía muy bien por qué, al contrario del resto que se quedó resguardado en el instituto, vosotras salíais de él- comentó Fer, aparentemente con bastante sinceridad.
Kenya aceptó a regañadientes que se quedara con nosotras. Yo lo agradecí. Lo cierto es que por momentos, la situación se tornaba turbia, y el simple hecho de estar lejos de la urbe me hacía sentir insegura.
Al caer por fin la noche, Fer se ofreció a hacer una discreta hoguera, no por frío sino por tener un pequeño foco de luz, pues a pesar de que la temperatura había caído casi en picado, el suelo seguía desprendiendo ondas de calor. Esta combinación era perfecta para caer rendido al sueño, pero lo cierto es que no tenía por costumbre dormir a la intemperie, ni junto a desconocidos, ni tras una serie de acontecimientos disparatados... El peso de los pensamientos en mi cabeza terminó por apagar mi energía, y un par de horas más tarde el cansancio terminó por apoderarse de mí. Y de mis dos compañeros.
-Sam, despierta...- una voz lejana y con eco resonaba en mi cabeza- Sam, ¡Sam! ¡Por favor, despierta!
La sensación de querer despertar pero de que el cuerpo aún estaba reaccionando a mis impulsos me agobió. Empecé a notar una vibración en el cuerpo, que alguien me estaba agitando. Por fin, abrí los ojos repentinamente, vi a Kenya en un primer plano, y mucha luz de fondo. El saber de dónde provenía tanta iluminación siendo aún de noche, me hizo reaccionar, lo cual me hizo levantarme literalmente de un salto. Sobre las faldas del monte Kutkut, por donde antes huía el rebaño de ovejas, ahora se deslizaba un espeso manto anaranjado de lava.
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