Por más que zarandeaba a Kenya, no reaccionaba. Recordé, entonces, la botella de agua que solía traer al instituto y que descansaba sobre mi pupitre. Aunque parecía una tontería, decidí que no perdía nada por intentarlo. Desenrosqué el tapón de la botella, y corrí hacia Kenya, para empaparle la cara. En ese momento ya notaba cómo varios rostros se giraban hacia nosotras con una mezcla de risas confusas y desconcierto general.
Por fin, Kenya volvió en sí, parecía que mi solución hizo parte de efecto.
- ¡Señorita Wilde! ¿Qué ocurre con la señorita Molina?- vociferó la profesora Hubble- ¡Vuelvan todos a sus asientos!
En ese momento, entre la confusión, una vibración comenzó a recorrernos desde los pies hasta el último cabello de nuestros cuerpos. Todos nos mirábamos interrogantes, pero la profesora Hubble fue la primera en reaccionar: abrió la puerta que daba al pasillo en busca del apoyo de otros profesores. Mientras tanto, invadida por la curiosidad, abrí por completo la persiana de una de las ventanas. Pude ver que un rebaño de ovejas corría despavorida por la falda del monte Kutkut, en la misma dirección que una bandada de mirlas ventriblancas con gran alboroto, aparentemente hacia el mar del sur.
La vibración cada vez era más intensa, hasta que fue evidente que se trataban de temblores característicos de un seísmo. El miedo comenzó a palparse cuando los libros de las estanterías empezaron a bailar, y las tizas de la pizarra hacían carreras hacia diferentes direcciones. En ese momento, Kenya, que aún no se había movido de su pupitre, cogió mi brazo fuertemente cuando me disponía a salir de aquella aula:
- Sam, acabo de ver esto...
- ¿Qué? No entiendo, Kenya, ¿qué quieres decir?- para mí no era momento para distraerme con las paranoias de la chica del trance, pero debía admitir que me alegraba que por fin dejara de balbucear.
- Acabo de tener una visión, apenas recuerdo nada, y de manera difusa, pero al notar el temblor, me han venido escenas a la mente... No podemos quedarnos aquí, el edificio se va a derrumbar- Kenya hablaba de manera acelerada, como si se tratara de un deber que debía cumplir a contrarreloj.
- Está bien, buscaré a la profesora Hubble, y se lo diré- le comenté, intentando ser coherente.
- No, Samantha, no hay tiempo. No es tan sólo un temblor cualquiera... Debemos salir ya- Kenya volvió a agarrarme el brazo fuertemente y me arrastraba con decisión fuera del aula.
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