A pesar de que se irguiera de manera majestuosa ante mí, mostró cierta debilidad al empezar a acicalarse, acompañándolo con pequeños chillidos. Fue entonces cuando me di cuenta de que una de sus alas presentaba una herida aparentemente poco profunda pero con aspecto de que podría estar infectada.
-Te duele, ¿verdad, pequeño?- sentí cierta pena por aquella criatura, lo cual era común en mí cada vez que veía a un ser vivo en apuros.
Aquel ser se desinteresó por mí y simplemente se tendió, y por fin pude contemplar detenidamente sus robustas patas traseras de león que, a medida que se acercaba hacia el tronco, desarrollaba patas delanteras de águila lo cual concordaba con su cabeza con un pico que bien podría ser fuerte como el más inquebrantable metal.
Definitivamente no conocía mucho de medicina, pero sentí la necesidad de calmar el dolor de aquella fascinante criatura y no parecía necesitar más que cuidados para desinfectarla. Descolgué la mochila de mi hombro y rebusqué mi pequeño set de primeros auxilios. Me acerqué sigilosamente a mi compañero de cueva.
-Oye, tengo algo para ti... Prometo que te sentirás mejor después...- intenté poner la voz más dulce posible, deseando que notara mis buenas intenciones.
Hasta cierta distancia permitió el acercamiento, pero en cuanto mi mano tomó la dirección hacia su ala herida, dió un chillido de advertencia. Le miré con decisión.
-Vale, sí, puede que ahora sientas cierto escozor, pero eso será todo- seguí hablando pensando que quizá en algún momento pudiera entender mi idioma-. Tu herida tiene mal aspecto... ¡AH! Maldito pájaro, deja de darme picot... ¡¡AHH!! ¡¡ASÍ NO PUEDO AYUDARTE!!
En ese momento en el que grité con enfado, la criatura paró repentinamente, y se dedicó solamente a chillar y a agitar el cuerpo. Me tomó como quince minutos limpiar totalmente la herida, pero conseguí finalmente vendarla. Afortunadamente, los fuertes picotazos impactaron sobre mi mochila y tan sólo conseguí ver que tenía unos rasguños.
A partir de ahí, lo que yo definiría como grifo, se calmó, y hasta me pareció inofensivo. Aquella noche, o lo que yo calculaba que podía coincidir con ese tramo del día, decidí pasarlo en la cueva, a una distancia prudencial de la criatura, sin quitarle ojo.
-Me encantan las aves- comenté a pesar de que sabía perfectamente que no me entendería, aunque vi en sus pupilas cómo se dilataban a modo de reacción hacia mis palabras-. Si fuéramos amigos, te llamaría Phoenix... Inexplicablemente bellos y místicos como tú...
Hablarle me mantenía despierta, sin embargo un par de horas más tarde, el cansancio se apoderó de mí, los párpados me pesaban hasta llegar un momento en el que no los pude abrir más.
Debí tener un sueño agitado que jamás recordé, sólo recuerdo haberme levantado empapada en sudor. Seguidamente, miré a mi alrededor, intentando recordar dónde me encontraba, por qué, y con quién... Me respondí tranquilamente a cada una de las preguntas... ¿con quién? Se me aceleró instantáneamente el corazón. El grifo ya no se encontraba allí. No dejó ni rastro. Aunque en parte sonreí al pensar que debía significar que su herida ya le dejaba moverse a su antojo. Intenté restarle importancia, y partí hacia el exterior de la cueva.