-Querido, para dar cierto calor y color a la vida terrestre ya estoy yo, no hace falta que te encargues tú de ello- comentó la risueña Primavera nada más entrar.
Una mirada acompañada de una suave brisa que removía su pelo grisáceo y su barba rizada hizo prever a Primavera que soltaría alguna de sus tristes quejas. Pero Invierno, simplemente, calló.
-Siempre tan frío... Tan cortante con un simple gesto. Pero siempre te hemos aceptado tal y como eres, no tienes por qué cambiar...
-Vera, creo que me he enamorado- anunció Invierno, y sus caídos ojos se abrieron con un golpe de viento que ondeó sus espesas pestañas-. Nunca he sentido este ardor interior, y es realmente acogedor. Sólo he saboreado lágrimas de dolor, y... he descubierto que también existen lágrimas con sabor dulce. Alegría. Paz. Siento que estoy en paz con el mundo...
Y por primera vez, la sonrisa de Vera cayó de la misma manera en que las flores de un almendro caen del árbol que les dió la vida.
