-Sé que me oyes... Y que no me contestarás. Pero puedo gritar, y puedo crear mucho desorden en ti, en esta cárcel en la que me tienes encerrada- un silencio se hizo en aquella extraña sala de cuatro paredes-. Me tienta, me encantaría vengarme, pero eso es de cobardes, y aún puedo presumir de conservar más cordura que tú, hombre sin corazón. Me pregunto si me lo merezco, me lo pregunto a mí misma porque conozco tu indudable afirmativa, sin embargo, no tienes por qué llevar razón en ello... Me he dado cuenta, ¿sabes? Me he dado cuenta de que a pesar de tenernos en la cabeza mutua y continuamente, nunca nos hemos conocido realmente, y lo peor es que siempre habrá lazos que nos unan, siempre te perteneceré...
De nuevo, hizo una pausa, para volver a la carga con más fuerza.-Sé que me oyes... ¡¡¡ME OYES... Y VAS A SEGUIR ACTUANDO COMO UN DICHOSO ASESINO!!! Te odio tanto... Pero te necesito. Contéstame, por favor, me muero por dentro... Y tu interior se muere conmigo.
-Cállate...-susurró por primera vez una voz famélica y rota de dolor.
-Puedes hacerme callar, pero jamás podrás hacerme desaparecer... papá...